¿Cómo hundir tu negocio? (Caso práctico incluído)

Lo sé, esperabas ver el avatar de Erika debajo de este párrafo y en su lugar estás viendo a un tipo con gafas, entradas en el pelo, algunas arrugas y algunos kilitos de más.
¿Quién soy? Alguien de su pasado a quien ella ha invitado a contar su historia como empresario.
hundir negocio
 
Siempre fui un hombre con ambiciones y con muchas ganas de hacerme rico. Persiguiendo este sueño, pedí un crédito al banco y monté mi propia agencia inmobiliaria.
Era en los tiempos en los España iba bien. Todos éramos ricos y felices gastando dinero como si cayera del cielo. Los pisos se vendían y alquilaban con una facilidad tremenda. Y es que los bancos no se paraban a analizar si la gente ganaba lo suficiente como para pagar las hipotecas.
La actividad en la agencia era frenética. ¡Qué éxito! Tres meses después de fundar mi imperio, tenía un equipo comercial de 10 personas y una recepcionista ?
 
La recepcionista era Erika. La rubia vino a la entrevista con un vestido entallado negro y tacones de vértigo. Durante aquella conversación, me di cuenta de que el puesto de recepcionista se le quedaba corto dada su trayectoria profesional. Así que mientras hablábamos le di un giro improvisado a sus funciones, pasando a ser recepcionista-secretaria-administrativa-contable.
 
Había huido de su trabajo anterior por una plaga de cucarachas y, aunque el sueldo era una ?️, no hay nada como estar desesperado para aceptar la primera oferta de trabajo que se te cruza en el camino.
El horario era lunes a viernes de 10 a 20 horas. Como Erika abría y cerraba el local, yo llegaba a eso de las 12:00. Me iba a casa a las 14:00 a comer y echarme la siesta. Regresaba hacia las 17:00. A las 19:00 me iba después una ajetreada jornada de trabajo. Entiéndeme. Cruzar 4 veces Madrid en coche era un auténtico estrés.
  
Me pasaba el día encerrado en mi despacho gestionando mis cosas de CEO de un imperio inmobiliario. Lo que más me gustaba hacer era descargarme música en internet. De vez en cuando les grababa un CD a mis empleados para motivarles. Nunca me agradecieron estos detalles que tenía con ellos.
 
directivo trabajando
Si surgía alguna operación, mis empleados tenían instrucciones de quedar con el cliente fuera de horario comercial. Bien a hora la comida o bien a la hora de la cena.
Erika y sus compañeros siempre protestaban. Definitivamente no tenían visión de negocio. Cualquier gran empresario sabe que a los clientes hay que darles facilidades. Y este era un servicio especial que nos diferenciaba de la competencia.
Si los clientes no podían faltar a su trabajo para firmar un contrato de alquiler, ahí estábamos nosotros hasta las 23:00 si hacía falta.
 
A cambio no abríamos los sábados. Aunque esa panda de tarugos tampoco me agradeció esto.
Como siempre dice Erika, el motor de una empresa son los empleados. Por este motivo y, sobre todo, porque yo estaba ocupado grabando CDs de música, delegué en ellos desde las estrategias prospección hasta las de ventas. Que se estrujaran la cabeza que para eso les pagaba.
Lo que pasa es que me proponían cada cosa. ¡Bbbrrrr, terrible!. No me gustaba ninguna y se las echaba todas para atrás. Algunas se pasaban de la raya porque incluso me sugerían cómo dirigir mi negocio ¿A mi, el CEO del imperio?
Me sentía insultado. ¿Qué sabrían unos simples agentes inmobiliarios y una secretaria de lo difícil que es llevar un negocio? Zapatero a tus zapatos. Mejor que vendieran pisos y se callaran.
  
Afortunadamente se dieron cuenta de su incapacidad mental y dejaron de entrar en mi despacho a interrumpir con sandeces.
Paulatinamente dejaron de traer inmuebles nuevos y atractivos. Todos eran pisos para entrar con excavadora. Imposibles de vender. Y debido a las fotos de esos antros, la gente pasaba de largo por el escaparate. Nadie entraba a preguntar e informarse.
 
Se veía venir. Se dejaron de cerrar operaciones. Como consecuencia, no había ingresos. Mi negocio empezaba a irse a pique.
¿Y mis empleados? Allí estaban, sentados todos en la oficina. ¿Te crees que estaban buscando locales y pisos en los anuncios del periódico que les compraba todos los días? No, un día pillé a:
– uno jugando al solitario en el ordenador
– y a otro haciendo los crucigramas del periódico.
Pegué un puñetazo sobre la mesa de pura indignación. Menuda panda de vagos. Ahora entendía porqué estaba todo tan parado. No era un bache en el mercado. Tenía un cáncer dentro de mi empresa.
Regresé a mi despacho, di un portazo y me puse a lo mío, a lo que me relajaba en momentos de tensión como estos: descargar música.
Unos minutos después Erika entró en el despacho. Me dijo que ellos se pasaban el día sentados en la silla porque seguían el ejemplo del líder. Bueno, no sé a qué y quién se refería con eso de líder. Yo era un brillante empresario y un gran jefe rodeado de una panda de incompetentes desagradecidos. La mandé a la mierda literalmente.
Tomé dos decisiones:
 
1.  prohibirles estar en la agencia más de una hora seguida. Su lugar era la calle, buscando inmuebles y clientes. Salvo Erika, ella tenía que estar en la recepción por si acaso entraba alguien despistado a hacer alguna consulta.
2. no pagar a ninguno, a ver si así espabilan, movían el culo y cerraban alguna operación.
Cada día les recordaba que tenía que pagar el crédito que había pedido para montar el negocio y sus seguros sociales.
Y ahí estaba siempre Erika con los ojos inyectados en sangre protestando y diciéndome que no le importaban mis problemas, que ella y sus compañeros también tenían gastos. ¡Qué tontería! Mis problemas eran mucho más graves que su recibo de la luz o de la hipoteca.
Un día me amenazó con dejar de venir a trabajar porque no tenía dinero para pagar el billete de metro. ¡Qué tía! Para evitarlo empecé a irla a buscar a su casa con mi coche para llevarla/traerla a/de la agencia
camino al trabajo
Ella iba como una princesa en mi Alfa Romeo verde con asientos de cuero:
– Le ponía la calefacción o el aire acondicionado según la temperatura de la calle.
 – Siempre sonaba su música favorita para hacerle el camino más ameno.
Menudos los madrugones me metía para estar a las 9.30 en la puerta de su casa. Yo, el dueño de la empresa haciendo de chófer para la niña. Y ella nunca me lo agradeció.
Decidí quemar un último cartucho para salvar el negocio. Pedí otro crédito al banco y lancé una campaña de marketing brutal. Siiii, aquello reactivaría mi negocio y ganaría millones.
Encargué cientos de mecheros y bolígrafos y miles de folletos de publicidad. La broma me costó 6 mil euros. Era una super ideaza. Con esto triunfaríamos.
A la panda de zopencos que tenía trabajando gratis no les gustó mi super campaña marketera. Me dijeron que me tenía que haber gastado el dinero en una web para llegar a más gente y no solo a la del barrio.
Supongo que me hacían de rabiar porque no querían repartir mi merchandising por la calle. Era verano y en Madrid se alcanzan fácilmente los 40º. Seguro que esos vagos preferían estar en la oficina fresquitos haciendo sudokus.
Pasaron los días y las semanas. El teléfono no sonaba. Tampoco entraba nadie a informarse. No entendí porqué mi fantástica estrategia no funcionó.
Dos meses después tuve que echar el cierre a mi imperio. Estaba completamente arruinado. El banco y los proveedores me presionaban para que les pagara la deuda.
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¡¡Oh!! ¡¡Qué triste historia la de mi jefe!!
Supongo que a fecha de hoy seguirá pensando que su empresa quebró por estar rodeado de gandules. ¡Qué fácil es echar la culpa a los demás de las propias cagadas!

¿Qué le llevó a la ruina?

Haré un breve repaso desde el otro lado, el de la simple recepcionista que trabajaba gratis. Vamos allá:

» No luchaba por sacar su negocio adelante. No estaba al pie del cañón dando ejemplo a los demás. Simplemente escapaba de la realidad encerrándose en su despacho.

» No tomaba decisiones y cuando le proponíamos soluciones, las descartaba todas. Consiguió que reinara la apatía. Consiguió desmotivarnos.

» Es más, acabamos odiándolo por no pagarnos durante seis largos meses. No dimitimos en masa porque si nos íbamos perdíamos todo el dinero que nos debía. No sólo no nos daban pena sus problemas sino que fuimos a denunciarle a Inspección de Trabajo.

» ¿Porqué fracasó su super idea del merchandising? ¿De verdad pensaba que iríamos a repartir propaganda a la puerta del metro? Hombre, por favor.

Cogíamos los panfletos, salíamos a la calle, doblábamos la esquina, los tirábamos en la primera papelera que nos encontrábamos y luego nos íbamos a un bar a tomar unas cervecitas … como no nos dejaba estar en la oficina, nos teníamos que meter en algún sitio ? ?.

Si hubiera utilizado ese nuevo crédito para pagarnos, quizás nos hubiera devuelto la ilusión. No lo hizo. Por eso, aceleramos el proceso para que quebrara aquello de una vez, cobrar nuestros salarios atrasados y empezar una nueva vida en otro sitio.

Por cierto, no me gustan los coches ni los sofás con asientos de cuero. Cuando hace calor y sudas, te quedas pegado. Que menos que sonara mi música favorita en aquel coche. Iba todo el trayecto contándome sus penas y todas las deudas que tenía. ¡Qué pesado! Me tenía aburrida. Así que me abstraía cantando mentalmente las canciones que iban sonando en el reproductor.

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¿Y tu? ¿pasaste por algo parecido? ¿me lo cuentas?